miércoles, 15 de febrero de 2012

El Valle alto del Lozoya

Esta espectacular y poco exigente ruta atraviesa todo el Valle alto del Lozoya a pocos metros de las aguas del Embalse de Pinilla, desde Lozoya pueblo hasta pasado Rascafría (monasterio y presillas).
El Valle alto del Lozoya

A eso sumamos montar la bicicleta en el coche, atarla, poner señalización si va por fuera, etc. Un pequeño calvario de actuaciones mecánicas y repetitivas. Ésta es una de las cosas que suelen refrenar más a los más clásicos senderistas de a pie, que rápidamente piensan "para andar bastan unas botas y la mochililla para el bocata". No les falta razón, aunque nadie duda de que para llegar al cielo, hacen falta ciertos sacrificios...
Montar en bicicleta tiene su parafernalia asociada: además de comprobar que todos los elementos de la máquina están en perfecto estado (ruedas, frenos, partes móviles, repuestos, herramientas), hay que pensar en la indumentaria: casco, guantes, gafas, no cualquier pantalón, no cualquier chaqueta, no cualquier zapatilla. Los bolsillos molestan, las capuchas molestan, ir sin gafas puede ser un suplicio, y un largo etcétera.
La práctica del senderismo en bicicleta te permite recorrer grandes distancias que no es posible hacer a pie a menos que dediques muchas horas o incluso varias jornadas de travesía para ello. No hablamos de los más conocidos entrenamientos o descensos a toda velocidad donde se trata de ir a un ritmo alto, con buen nivel aeróbico y donde contemplar el paisaje, charlar, o incluso parar a hacer una foto no están bien vistas y probablemente serán reprochadas por tus compañeros de bicicletada (es broma, ¿eh bikers?). Hablamos, como no podía ser de otra manera en Senderisbook, de senderear, esta vez en bicicleta.
Muy temprano conviene llegar a Lozoya tras una hora de carretera desde la capital del reino, y aparacar en alguna zona cercana al embarcadero. Allí desharemos la parafernalia de carga y dejaremos sueltas a nuestras monturas para empezar camino. Para ello, llegamos hasta la depuradora y viramos hacia el oeste cruzando en Arroyo de Navacejo, en sus últimos metros antes de desmbocar en el Embalse de Pinilla.
Una vez pedaleando en la senda, nos damos cuenta de lo ideal del camino: ancho, con buen firme, bastante plano, paisaje absolutamente privilegiado... Desde los primeros metros ves el agua, las montañas, la ganadería paciendo tranquilamente entre frutales y pastos, mientras tus piernas y tu corazón se van calentando con el transcurso de los metros y los cambios de marchas largas.
tirando de vehículo anfibio
La primavera es un momento especialmente espectacular para ir al Valle del Lozoya, cuando la vegetación es exuberante y el suelo está tapizado de vivos colores. Pero hay una pega, las mamás vacas y sus ternerillos. ¿Qué tiene de malo esta tierna y bucólica imagen? Que mamá vaca te embestirá sin ningún miramiento en cuanto vea que te acercas lo más mínimo a su ternerillo nacido unos días atrás. Por tanto, es altamente recomendable bajarse de la bicicleta y dar cuantos rodeos hagan falta para evitar a estos susceptibles grupos familiares que, además, suelen reunirse plácidamente en mitad del camino principal.
En unos minutos llegaremos a Pinilla del Valle, que pese a sus reducidas dimensiones, dispone, entre otras cosas, de helipuerto, puente sobre el embalse al que da nombre, e incluso yacimiento arqueológico neandertal propio de notable importancia. Seguimos camino para llegar al poco a uno de los pueblo con más encanto de toda la sierra. No es grande, ni muy pequeño, ni tiene monumentos destacables, ni nada realmente especial. Pero tiene un no sé qué que qué sé yo., además de un nutrido grupo de cigüeñas viviendo en lo más alto de su achaparrada iglesia: Alameda del Valle.
Tras cruzar el caudaloso Arroyo de la Sauca y pasar por Alameda, pasaremos un divertido trayecto en el que podremos atravesar, dependiento del caudal que lleve, el arroyo de entretérminos y dar rienda suelta a nuestra faceta aventurera de urbanitas estabulados. Si no nos sentimos tan lanzados, siempre es posible usar los diversos puentes que cruzan cada corriente de agua proveniente de las cercanas montañas al norte en su corto camino hasta el embalse. Una vez llegados a Oteruelo del Valle, el más pequeño de los pueblos de nuestro trayecto, sólo nos queda una pequeña distancia hasta la cercana Rascafría, a la que accederemos a través de la urbanización Los Grifos y tras atravesar la carretera que baja del Puerto de la Morcuera con el tráfico que viene de Miraflores de la Sierra.
TRACK DE LA RUTA:
En Rascafría deberemos callejear un poco por pequeñas calles secundarias sin apenas tráfico, para llegar al Arroyo del Artiñuelo, corriente de agua que viene de la cuenca del Reventón y que atraviesa el centro neurálgico de esta villa. Ciertamente, da pena pasar por la plaza y no ver el magnífico y pluricentenario olmo que siempre estuvo allí y que cayó abatido y enfermo tras una gran nevada acaecida en el año 2000. Cuenta la leyenda que el mítico bandolero Tuerto Pirón buscaba refugio y escondite bajo sus ramas tras sus numerosas fechorías.
Imaginando tales escenas seguimos rumbo oeste para pasar por una zona de denso valor histórico: primero el aserradero, luego el Monasterio de Santa María del Paular, y más tarde el célebre puente del Perdón en su camino a las concurridas y turísticas Presillas naturales de Rascafría. Cada uno de estos lugares es merecedor de un trabajado artículo en nuestra sección Puntos de Interés, así que dejaremos su reseña para mención aparte y nos limitaremos al desarrollo de la ruta.
Por las traseras del monasterio hay un camino que conduce al singular Carro del Diablo y más tarde al Puerto del Reventón. En esta zona acorralaban antiguamente a los lobos de la sierra, espantados y achuchados desde las cercanas alturas por los lugareños, para acabar atrapados en un callejón tras el monasterio donde les mataban a garrotazos.
Es fácil, sin embargo, meterse por algún camino equivocado y acabar en una finca particular de ganado bravo, donde seremos vapuleados verbalmente por algún paisano harto de que los ciclistas invadan su propiedad. Lo mejor, tras una obligada visita al monasterio, sus jardines y su entorno, es dirigirse al área recreativa de Las Presillas, al otro lado de la carretera y a pocos metros del monasterio.
Tras acceder a la zona y cruzar por el adoquinado e histórico Puente del Perdón, subiremos una corta cuesta que nos llevará directamente a una de las zonas más concurridas de la sierra en época estival: las Presillas naturales de Rascafría, un conjunto de pequeñas presas habilitadas para el baño, con aparcamiento (de pago) cercano, grandes zonas de césped y mucha arboleda que hacen las delicias de cientos de familias todos los años. Muy destacable es su merenderos/kiosko municipal, donde podremos tomar uno o varios refrigerios y descansar un rato y charlar acerca de todas las indicencias ocurridas en la ruta antes de volver con nuestras monturas al punto de partida, allá en la ya lejana Lozoya.
Sin duda una magnífica ruta, de apenas tres horas, muy llana y variada, y apta para todos los públicos. Un verdadero tesoro natural a apenas una hora de Madrid que perdurará mucho tiempo en los recuerdos del que la transite y pedalee.
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miércoles, 8 de febrero de 2012

Las canteras de La Pedriza

Se esperaban fuertes vientos del noreste, posibles precipitaciones y frío intenso. Sin embargo, allí estábamos, a las ocho y media de la mañana, en las inmediaciones de La muela, en torno a los cero grados y viendo al sol salir con timidez
Amanece en la sierra

Casi de sopetón, aparece la grieta a nuestros pies, oculta tras la maleza. Mejor no ir muy despistado porque hay una caída de un par de docenas de metros hasta el fondo. Hasta no hace mucho, para descender había que utilizar obligatoriamente unas cuerdas colocadas allí ex-profeso. Junto a las cuerdas, unas almas caritativas han colocado troncos y ramas de tal manera que es posible bajar sin emular a Indiana Jones descolgándose por un acantilado. Una vez abajo, impresiona recorrer el lugar a través del estrecho pasillo que queda entre sus verticales paredes barrenadas y taladradas aquí y allá por útiles de escalada. La ausencia de ruidos y la luz cenital crean un ambiente muy especial que invita a la meditación, la fotografía o, simplemente, a dedicarse a la contemplación un rato dejando pasar el tiempo, preguntándote qué días del año y aqué horas entrará directamente la luz del sol en aquélla singular grieta a la que Senderisbook ya dedicó un artículo en la sección
 Puntos de Interés.Con el coche aparcado junto a la Finca Los Aljibes, bien abrigados y pertrechados y con los crujientes churros y el buen café del Nico dándonos calor interno, comenzamos la subida hacía la Grieta Los Algibes, apenas unos minutos que nos sirven para entrar en calor. Lo primero, cruzar el Arroyo de Santillana ayudados por un cable y poco más tarde tomando un desvío a la derecha por una senda que se sale del camino principal.
La Grieta de los Algibes
Con la honda impresión creada por la visita a la grieta, salimos de ella por donde entramos y la recorremos desde lo alto por su borde izquierdo sentido oeste. El borde derecho queda dentro de una finca particular, donde puede verse la entrada a la cueva El Abrigo de los Algibes con pinturas neolíticas que se encuentran protegidas por una reja que tapa la entrada a la cueva para evitar vandalismos.
El embalse de Santillana y las 4 torres
Remontando con dificultad el Arroyo de Santillana a través de una ruta marcada con circunferencias negras y tras algún despiste que otro a través de densos jarales y piedras inabordables, llegamos al nacimiento del arroyo, lugar desde el que el camino se hace más fácil debido al cambio de vegetación, de espesos arbustos a rastreros piornales, y donde la piedra es más menuda y la amplitud del terreno te permite tomar mejores decisiones.
Cabra montesa
Tras llegar al paraje conocido como Peñas Santas, a casi 1.500 m de altura, vemos una especie de puerta natural formada por una abertura en un muro de rocas desde donde podemos ya divisar la lejana Najarra a la derecha y la más cercana Pared de Santillana más a la izquierda.
La puerta de Peñas Santas
Virando al oeste, seguimos una senda que transcurre por una curva de nivel que va buscando el camino que viene del Yelmo al Collado de la Dehesilla. Este camino de umbría tiene zonas con un palmo de nieve, pese a no haber nevado aún este año, formadas seguramente por los depósitos de las nocturnas ventiscas y la falta de rayos solares directos que las derritan. Gracias a esta nieve de umbría, podemos reconocer fácilmente el paso de las cabras montesas por sus huellas y algún otro resto cuya descripción sobra.
Huella de cabras
Antes de llegar al "cruce" con el camino que viene del Yelmo, la senda se cortará abruptamente pareciendo que no sigue y sembrando el desconcierto en el que pase por allí por primera vez. La solución a este juego de orientación es bajar por un agujero vertical de unos tres metros y pasar a rastras bajo una gran piedra, con las inevitables fotos, pulgares hacia arriba, dedos con señal de victoria, sonrisas y demás gestos que suelen seguir al descubrimiento y superación de este tipo de accidentes del terreno.
El túnel
Poco después de pasar por el "túnel", acabaremos encontrando el cruce y con él veremos aumentar grandemente la densidad de población ya que pasamos de un camino poco transitado a uno muy transitado por paseantes, senderistas, montañeros y algún despistado ataviado con sus resbaladizas Kelme de ir a comprar el periódico.
Por la umbría hacia el Collado de la Dehesilla
Ya en el Collado de la Dehesilla (1.445 m), viramos hacia el oeste y nos ponemos a cubierto de la superpoblación humana del collado y sus frías corrientes de aire comenzando una bajada hacia Soto del Real por el Arroyo de Coberterosque ya no dejará de descender hasta el coche con vistas al Embalse de los Palancares. Pero antes de que eso ocurra, nos esperan dos cosas de gran importancia: el ángelus (bocadillo y frutas a las doce de la mañana cuyo trámite puede cómodamente ser realizado en unas piedras convenientemente orientadas al sol del invierno y cerca de un magnífico acebo) y una visita a la Gran Cantera del Jaralón, ciclópea explotación de piedra ya en desuso cuyos restos y contemplación merecen unos minutos de parada y toma de fotografías, así como un artículo aparte en Senderisbook.
Cantera de La Jarosa
Continuamos por el ramal de la GR-10 descendiendo por su curva hacia el sur por el llamado monte Las Pedrizas, El Rincón y El Jaralón, contemplando en el horizonte, de izquierda a derecha, La Najarra, El Cerro de la Berrocosa y el refulgente embalse de Santillana mientras charlamos animadamente sobre lo solitario del comienzo de la ruta y lo interesantes y variados puntos de interés observados durante la mañana, con un objetivo bien claro en mente y que nunca debe faltar a la conclusión de una ruta serrana: el aperitivo.
TRACK DE LA RUTA:

miércoles, 1 de febrero de 2012

Grieta Los Aljibes

Alejada de las más transitadas rutas senderistas que surcan La Pedriza del Manzanares, y poco mencionada en los habituales puntos de interés que marcan guías y mapas, encontramos la llamada Grieta o Raja Los Aljibes, una cantera ya abandonada que surtió de materia prima las necesidades pétreas de la capital, especialmente las relacionadas con las obras públicas durante el siglo XIX y principios del XX.

Cuerdas para descender por la grieta

LOCALIZACIÓN

Esta grieta se encuentra entre los términos municipales de Manzanares y Soto del real y a escasa distancia de la roca comúnmente conocida como La Muela o el Canto del Berrueco. Para acceder a tan singular paraje, debemos tomar un desvío de tierra a la derecha en la carretera M-618 sentido Manzanares desde Soto del Real. Tras un kilometro de camino forestal, llegamos a las inmediaciones de La Muela, situada dentro de la finca particular Los Aljibes. La gran roca aislada fue salvada in extremis de la explotación minera que la habría convertido en un insignificante y disperso guijarral.
Tras unos metros de camino, cruzamos el arroyo de Santillana (ayudados por un cable a modo de barandilla) y tomamos un desvío a mano derecha. Escondida bajo la abundante vegetación del sotobosque, aparece una gran hendidura cuyo acceso sólo puede realizarse a través de unas cuerdas instaladas por los escaladores que utilizan la cantera como lugar preferente donde llevar a cabo su actividad, sobre todo en los meses estivales.

Grieta los Algibes desde dentro

HISTORIA

Se tiene constancia de actividad minero-metalúrgica ya desde el siglo XV en Colmenar Viejo (mina de Navalvillar) y en Bustarviejo (mina de la cuesta de la Plata. Sin embargo, el inicio de la explotación en el entorno de Los Algibes no comenzó hasta el siglo XIX, cuando el desarrollo de los medios de transporte facilitó el tránsito de los minerales hacia la capital.
La cantera fue una explotación a cielo abierto de casi 400 metros de longitud con una orientación este-oeste y fue dedicada a la extracción de lampórfido, un mineral granitoide que aparece en filones, siguiendo un trazado horizontal, ya que en su formación el magma terrestre ascendió a la superficie a través de fallas. La característica principal de este tipo de explotación es que supone horadar en el terreno, una grieta que puede alcanzar los 30 metros de profundidad en algunos puntos y apenas diez de anchura en sus partes más amplias. Esto crea una morfología encajada e incidida que hacen las delicias de los escaladores en verano.
La grieta, vista desde La Muela
El primer uso que tuvo este mineral durante el periodo de explotación de la cantera, fue el emplear la piedra como bordillos y adoquines para Madrid y los pueblos de los alrededores. Sin embargo, dada la dureza y la dificultad de dicho mineral para ser trabajado, se optó finalmente por machacarlo y utilizarlo como pavimento bituminoso. Este tipo de material consistía en tallas niveladas de piedra quebrada que se recubrían, antes de colocarlas, con un material bituminoso, como el asfalto o el alquitrán, y se apisonaban después con pesados rodillos.
Una vez agotado el filón de la Grieta Los Algibes, se inició la búsqueda de otros filones por las inmediaciones de la cantera. En este caso el gran filón sustituto se encontró en la cantera El Jaralón a 1,6 km de la Grieta en dirección Norte, con la misma orientación y de unas dimensiones ciclópeas. La cantera del Jaralón llegó a ser explotada hasta finales de la década de los 60 del siglo pasado y hablaremos de ella en otro artículo.
La profundidad de la grieta es notable

MEDIO AMBIENTE

Con el abandono de la actividad minera se volvió a los usos tradicionales de los terrenos, principalmente pastos y reservas de agua para el ganado. Empezaron a proliferas ciertas especies arbóreas y arbustivas que colonizaron los lugares donde otrora trabajaban los canteros provenientes de las poblaciones aledañas. Entre estas especies vegetales caben destacar los sauces (Salix sp.) en las zonas más húmedas y el fresno de hoja pequeña (Fraxinus angustifolia) en las zonas de menor humedad. Ambas especies aparecen en combinación con zarzas (Rubus sp.) para crear verdaderos muros vegetales infranqueables que dan cobijo a diversas especies de aves como el ruiseñor bastardo (Cettia cetti) y el mosquitero común (Phylloscopus collybita).

Vegetación en el fondo de la grieta

La cantera de Los Algibes, un testigo de lo que ha sido el auge y abandono de la actividad minera en la sierra de Guadarrama. Modo de vida de cientos de serranos, que durante décadas accedían a estos agrestes parajes para horadar la piedra y extraer el pórfido, labrando y dando forma los a bloques ciclópeos , convirtiéndolos en miles de adoquines y bordillos, transportando la pesada carga con animales de tiro hasta las inmediaciones de las estaciones de tren y embarcando la misma con vetustos sistemas de carga. La cantera, una forma de ganarse la vida o de perderla, un sorprendente viaje a la entrañas de La Pedriza, para entender la dureza de estos paisajes y de su paisanaje.

domingo, 29 de enero de 2012

El Castillo viejo de Manzanares el Real

Impertérrito y discreto, mutilado y cercenado, allí sigue, a la sombra de dos de los hitos mas significativos y simbólicos de toda la sierra del Guadarrama en su vertiente sur: El Castillo de Manzanares el Real y La Pedriza del Manzanares.
Castillo viejo de Manzanares el Real
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A la vera de la ruta que comunicaba Avila con Guadalajara surgió en el s.XIII una pequeña aldea estable de pastores segovianos que, al calor de la reconquista, repoblaron estas tierras ricas en pastos y bosques, lo que hoy en dia es Manzanares. Topónimo adquirido de un árbol, hoy casi extinto, y que antaño poblaba en abundancia estos pagos.
Las primeras noticias que se tienen de la existencia de este castillo, datan del s.XIV, cuando se idea la edificación de un palacio de caza para las escapadas cinegéticas de Alfonso XI, y que puede considerarse como la primera piedra de este olvidado monumento. En un manuscrito de la época se hace referencia a unos carpinteros que van a trabajar a “los palacios de Manzanares”. Es fácil poder imaginar un pabellón de caza con varias edificaciones aledañas que posteriormente germinarían en el diseño de un castillo.
Efímero fue el uso y disfrute de este castillo: desde mediados del s.XIV hasta el último cuarto del s.XV. Quizás fuese Diego Hurtado del Mendoza, Almirante de Castilla, el encargado de erigir este castillo viejo, aunque no tenemos pruebas fehacientes de ello. O quizás el propio Alfonso XI. Hijo del primero es Iñigo López de Mendoza, primer Marqués de Santillana, primer Conde del real de Manzanares e insigne poeta.
La fisonomía de la construcción, sobre el terreno, aún se puede observar: 45 m por 37 m. Con tres torres circulares angulares huecas de cinco metros de anchura. La Torre del Homenaje, se situaría en la esquina sureste, no muy grande para lo habitual de la época, de 14 metros de lado y un grosor de 4 metros. Eso supone que sus muros eran el doble de anchos que los lienzos exteriores del recinto de estilo mudéjar a base de granito y encintado de ladrillo. Este desajuste suponía que las habitaciones que cobijaba la Torre eran estrechas e incómodas, y no tardaron en ser suplidas por las nuevas estancias del castillo nuevo.
Sobre la construcción del castillo viejo, aún resuena la leyenda que conjuga la misma con la campana de la torre de la iglesia de Pedro el Viejo en Madrid. Según esta vieja historia, la iglesia de estilo mudéjar erigida en acción de gracias por la toma de Algeciras por el rey Alfonso XI (y que aún conserva escudos medievales), albergó en su torre una campana que servía para “conjurar los nublados”, pagando los labradores un estipendio a los sacristanes por el socorro del servicio sonoro. Este dinero iría destinado no sólo a conjurar los nublados, sino también a financiar las obras de este castillo, que además sirvió de aposento a Dña. Leonor de Guzmán, amante del rey Justiciero.


El viejo castillo, cantera del nuevo, vestigio de las correrías cinegéticas y amorosas de reyes y marqueses. Alejado de batallas y desvestido de gloria, centinela jubilado y olvidado en la loma, otrora defensiva y hoy acosada por la urbanización incesante que se cierne sobre Manzanares el Real. Un reducto que bien vale una visita para entender el nacimiento de un sexmo, de un alfoz y de un Real de Manzanares.

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